Como extranjero nacido en Marruecos que vive en España desde los seis años, a veces me siento —haciendo referencia a la famosa obra de teatro Luz de gas, de Patrick Hamilton— como si estuviera dentro de una casa donde las luces parpadean sin motivo y todos a mi alrededor insisten en que están encendidas, aunque yo sé que no. Esa sensación de vivir en una burbuja donde la exageración y la narrativa hace que a veces hasta dudes de lo más obvio. ¿Será verdad que los inmigrantes somos generalmente delincuentes? ¿O es que simplemente hay quienes necesitan crear un enemigo exterior fácil al que señalar en épocas difíciles? No niego la existencia de la delincuencia entre los inmigrantes, la cual obviamente existe como en cualquier colectivo, siguiendo correlaciones sociales estudiadas como que la pobreza, desigualdad y falta de oportunidades suelen estar ligadas a mayores tasas de delito. Pero esto no justifica que se establezcan correlaciones peligrosas que ponen en duda a un todo un grupo social. Personas y familias que buscan, como todos, una vida mejor con muchas piedras en el camino.